China - primera parte

Primera parte de las impresiones del viaje (en estas semanas pondré las fotos que acompañan los diversos lugares)

Lunes 16 de junio de 2008, por Gonzalo C


Hace ya algunos meses incluí un pequeño post estando por aquellas tierras. Fue increíble y no podía hacer otra cosa que meterme y dejar algunas impresiones. Es hora de poner algo más sobre aquel viaje. El post lo empecé a escribir hace ya un par de semanas, así que acá lanzo la primera entrega porque sino, no sale más…

Una advertencia: no soy, ni pretendo, ser fotógrafo. Soy aficionado con mucha voluntad pero sin la técnica y menos aun la poesía necesaria para captar a través de la lente todo lo que veo.

Echadas las cartas podemos comenzar el viaje.

Partí a fines de agosto del 2006 se presentó la oportunidad de viajar a China. Mi esposa viajaba por motivos laborales. Si hay algo que siempre me tentó es partir allí donde será difícil tener cualquier punto de orientación, un répère. Dejé que ella haga su viaje, por diversos motivos que acá no vienen al caso. Mi viejo, libre del yugo, se prestó a la aventura. En menos de un par de días tenía su visa y yo los pasajes. Tomé un recorrido ortodoxo, como lo dije en mi primer post: comencé en Guang Zhou (Cantón), para seguir por Shanghai y terminar en Pekín.

Siempre me hace reír, pero la primera impresión al llegar al aeropuerto ultramoderno de Cantón, es alucinante. Uno se ha paseado alguna vez en un barrio Chino, ha visto chinos, pero por primera vez en mi vida tenía la impresión de que hay muchos, muchos chinos. Era un baño. El calor del sur asiático acompañaba la sensación. Fuimos en la época de tormentas, la humedad y la temperatura hacían que el aire fuera denso. Llevábamos las valijas necesarias para las tres semanas de calor, el material fotográfico, dos guías de viaje y nuestros cuerpos, nada más. Era hora de salir de lo poco que quedaba de conocido. Los aeropuertos tienen la ventaja de ser esos no-lugares donde uno sabe encontrarse, son siempre iguales y los códigos parecen invariables más allá del lugar en el mundo donde uno se encuentre. Esa despersonalización termina en la puerta que separa el aire acondicionado de la cotidianidad contigua. Entre uno y el otro, el período de aclimatización es de sólo un paso.

Tomamos el taxi. El hombre nos condujo por una de las tantas autopistas que tiene el país. De la pequeña vía abarrotada del aeropuerto, pasamos a una colectora un poco más grande para terminar en el gran congestionamiento de la modernidad china. Lejos, muy lejos de las imágenes nostálgicas de grandes camiones y bandas de chinos en bicicleta. Con las frases de conversación limitada que ofrece cualquier guía de viajero, comencé a hablar con el chofer de taxi. Tantas veces se habla sin decir nada en el cotidiano que charlar en chino no tiene nada de particular, creanme. Y qué puede conocer uno si no intenta aunque sea hablar con el otro; nada. El buen hombre accedió, encantado que dos bárbaros balbuceen siquiera dos palabras en lo que conoce. Me pregunto, cuántas veces será su taxi una caja mortuoria, con difuntos que no abren la boca, sino para indicar de donde vienen y a donde van, y el taxi como metáfora de vida, pasa en un silencio casi imperceptible, limitado, materia rellena de olvidos.

El hotel que habíamos elegido era central. Dentro de la ciudad, la parte antigua está repleta de calles donde uno puede codearse con lo los recuerdos de la ocupación occidental. Uno de los tantos avatares de la historia china. Dentro de la ciudad, frente al Río de las Perlas se encuentra la isla de Shianmen, antiguo lugar de residencia de los poderes coloniales. La fastuosidad de las construcciones denotan tanto la arrogancia como la necesidad de hacerse una imagen allí donde toda referencia a la occidentalidad estaba fuera de lugar. La isla es una metáfora también, del pequeño tamaño de una Europa que fue superada por la hipermodernidad china. Entre sus calles rectamente trazadas se encuentran grandes edificios de tal o tal compañía que en aquel momento doblegaron a un imperio replegado sobre si mismo. Al final de nuestro trayecto, frente al ultra famoso hotel Cisne Blanco, encontramos la habitación que nos albergaría durante unos días. Lo único que esperabamos era el aire acondicionado, presagio de reposo en en la atmósfera densa y lluviosa de la ciudad.

Hablamos con mi esposa y sus compañeros de trabajo que estaban en el Cisne blanco. Buscabamos un lugar donde comer. Con una información vaga partimos en busca del restaurante que nos dijeron. Cierto aire nostálgico, de aventura colonial rodeaba el aperitivo con mi padre. No podría describir la sensación de compartir una imagen a la cual no pertenecíamos, y en la cual, finalmente no encajabamos. Allí eramos los otros, el gran abismo frente al que nos pone la distancia del viaje en tierra recóndita. Luego de aquel plato a gran velocidad volvimos al hotel. Las luces se cortaban a las diez de la noche por racionamiento energético. Después aprendimos que no todas las luces, ni todos los restaurantes, pero sin poder expresar ni una idea en chino, era imposible saber cual estaría abierto por la noche.

Luego de dejar a mi padre en el hotel, busqué en el Cisne Blanco aquella con la que debía compartir el viaje. Pasamos unas horas juntos y cuando debíamos dormir, partí, dejándola con el recuerdo fugaz que comparte toda habitación de hotel. Ella se levantaba temprano para partir en contingente por trabajo. Yo pasearía. Los motivos que nos habían llevado allí eran diferentes, y al mismo tiempo eran los mismos, cada uno consigo mismo. Los caminos para lograr un mismo objetivo suelen ser múltiples.

El primer día en la ciudad fue momento de encontrarse con todo lo que significa estar en China. Salimos de la pequeña ficción de occidente para encontrarnos con el verdadero Imperio del centro. Ya me han contado varias veces que los occidentales que se encuentran frente a la cotidianeidad de las ciudades chinas pueden sufrir un choque. Es verdad, la ciudad es vorágine, tanto aquí, como allá. Esta velocidad acompañada de la incomprensión puede ser dura.

Paseamos por el centro de la ciudad. Fuimos al templo más antiguo de la ciudad, según habíamos leído, el pabellón Zhenhai. Una antigua fortaleza, con formas rectangulares, maciza, inmutable al paso del tiempo. La severidad de las líneas, lo austero de su misma presencia la hacía irreal. Se encuentra en el parque Yeuxiu en el extremo norte de la ciudad. El interior no vale verdaderamente la pena: contiene una colección de recuerdos disparates entre épocas que no tienen nada que ver una con las otras. El arte de clasificar parece ser otra en China. Lo que si vale la pena es el edificio en sí, y la vista que se tiene desde el último piso de la fortaleza. Desde allí uno toma noción de la dimensión de la ciudad, con sus siete millones de habitantes. Y es una ciudad mediana.

Al salir del parque, sobre la avenida que lo flanquea por la izquierda, fuimos al museo del rei de Yue del sur. Es un sitio arqueológico descubierto en los años 80, y según afirman, de los mejor conservados en toda la región. Uno puede pasear por las salas internas del museo donde encontrará diversas exposiciones. En el momento que estábamos, unos museos de la India habían prestado una colección de estatuas de diversas deidades. Sus bellezas y sensualidad contrastaba con el aspecto ascético de la representación mongol del cuerpo. Una delicia. Sin embargo el punto más importante de la visita es la tumba del rey Zhao Mo. El sitio funerario fue encontrado en perfecto estado, con las ofrendas, los diversos compartimientos funerarios para el difunto y su séquito y el tesoro del rey. Este último se encuentra en un edificio contiguo, con explicaciones (si se puede llamar a eso explicaciones) de las diversas piezas que componen el tesoro.

Al salir del museo teníamos un calor impresionante. La humedad potenciaba la impresión. Logramos nuestras primeras armas en chino práctico: intercambié saludos con un vendedor, compré agua y sendos agradecimientos terminaron el tiempo de convivialidad. Luego decidimos pasar a ver un templo que verdaderamente vale la pena, el de los Seis Banians. Verdaderamente hermoso, no se si por el hecho de ser el primero de los templos que visitamos o por su vivacidad. Dentro vive todavía una comunidad de monjes, y los practicantes van en gran número a rendir culto a sus muertos. Después de un pequeño paseo y con tranquilidad fuimos a buscar una ducha y cinco minutos de reposo en la cama del hotel antes de salir a cenar, primera comida de nuestro día. El calor sofocante no invita a comer en cuantía.

Nos recomendaron ir a un restaurante dentro de la isla. Si lo buscan se encuentra en la calle número dos y la Shamian Beijie. Atención, sólo se habla en chino. El plato especial de la casa es gambas saltadas en un cuenco de cobre que ponen en el centro de la mesa. Por supuesto, pedimos cualquier cosa menos eso. Todo nuestro vocabulario estaba limitado a las guías de viaje y el genial, recomendable e infalible Point it. (meter link). Igual nos divertimos, pedimos vino, Gran muralla 2004. Calidad: para tomar con soda. Pero no pidamos más, la viticultura recién comienza. Empecé pidiendo pescado y terminé con un plato de anguila medio cruda saltada con cítricos (no sabría decir cuales). En todo caso estaba muy buena. La chica que nos atendía tenía seis dedos en la mano (dos pulgares). Si bien con mi viejo no dijimos nada, aunque no lo hubieran entendido, pero nos miramos. Fue muy gracioso. Pero lo más cómico fue la hora de la comida. Cuando comenzamos a comer teníamos ocho personas del personal del restaurante que nos miraban comer. Alguien nos explicó más tarde que no están acostumbrados a ver gente de nuestra talla (mi viejo mide 185 y yo 196). Es verdad que junto a los chinos parecíamos salidos de una tira de muñecos gigantes, sobre todo yo. El restaurante cerraba, pagamos y caminamos a paso lento hacia el hotel, el aire había que separarlo para pasar. Había sido solamente el primer día.

Al día siguiente intentamos comer el desayuno en un lugar típico chino. El desayuno es tan importante como el almuerzo y se come como en cualquier comida, lo que incluye carnes y todo lo que se puedan imaginar en una comida. Le escapamos a las cucarachas de agua, anguilas y otros bichos raros que la parva de chinos comía con gran alegría. Eran las siete y media y el restaurante estaba lleno como si fueran las nueve de la noche. Y lo que terminamos pidiendo estaba riquísimo. Eran una especie de facturas (bollos como dicen en España), aunque también comimos algunos salados y el todo acompañado con té. Lo mejor fue en el momento que nos anunciaron que había alguien en el personal que hablaba inglés. El suspiro con mi viejo fue casi orgásmico. Un inglés que se resumía a hola, chau y muchas gracias.

Luego de la peripecia, fuimos a la estación de autobuses de la ciudad. De allí nos iríamos a la ciudad de (ya voy a encontrar el nombre) a ver el templo de Confucio. La guía aconsejaba el desvío, si bien en aquel lugar lo único que se encuentra es este templo, y de verdad es magnífico. Deambulamos largas horas entre las pagodas y los jardines. Era de alguna forma mágico ya que sin extranjeros a la vista, estábamos inmersos entre feligreses que de tanto en tanto descubríamos mirándonos con atención, como los niños espiando sin ser vistos.

El calor seguía siendo sofocante. Mismo si llevábamos lo más liviano que teníamos a mano, era igual un peso. Lo único que hacíamos era tomar agua tanta como podíamos, y nos parábamos en cada lugar que podíamos comprando pequeñas botellitas que se terminaban tan rápido como abiertas.

Dentro del templo encontramos unos segundos de reposo en el paseo dedicado a la opera china y el arte del gravado. Había algunas piezas hermosas sinceramente. Me hubiera llevado los gravados en un solo color, con imágenes que se acercaban a la simplicidad del arte naif, conservando intacto lo que es propio del arte china. Sin embargo, en venta sólo había copias de mala calidad que no eran ni la sombra de lo expuesto.

Ya al final del templo encontramos un santuario de Confucio. Una suerte de retiro dentro del mismo templo. Además de la estatua del sabio, una pequeña pagoda estaba dedicada a los ancestros, con sus grandes tinajas en hierro fundido humeando incienso. Justo al lado, había un árbol lleno de promesas. Uno compra unas pequeñas bolitas en plástico, de la cual pende al fin de un largo hilo una leyenda en chino, que supongo versará sobre la felicidad, el amor, etc. Uno lo compra y después lo lanza hacia las ramas, de forma tal que una vuelta de la mandarina deje prendida la promesa hasta que el tiempo haga lo suyo. (Foto).

Volvimos a Cantón para descanzar un poco. Ese día salíamos con el grupo de trabajo de mi esposa. Primero hicimos un paseo sobre el río de las perlas (fotos???) para terminar, una vez vueltos al embarcadero, en un restaurante increíble. Se los recomiendo. El embarcadero queda al oeste de la isla Shamian, cerca del último puente. Allí se encuentra también el mercado de pescado. Al comienzo del mercado hay un edificio (frente al mercado) de varios pisos. Si no recuerdo mal, entre las diversas cosas que encontramos en el edificio, había una comisaría. En el cuarto piso hay un restaurante de pescado que trabajo con la mercadería que le viene fresquita fresquita de todos los mares de Asia. Como siempre hay que comer sin muchos miramientos en la higiene. El piso por momentos resbalaba como si hubiera una capa de aceite, y por momentos pegaba como si hubiera cola. El nivel de la comida, buenisimo, hace falta alguien que hable chino, y sino largarse a la aventura.

*

El último día en Cantón nos fuimos a recorrer la ciudad. Con sus siete millones de habitantes, hay bastantes recovecos donde perderse. La idea era ver un poco todos los lugares que había por aquí y por allá, caminar un poco por las avenidas, esas que no están marcadas en las guías de viaje y que por lo general deparan buenas sorpresas. Empezamos por algunos lugares que todavía queríamos ver. Mi viejo, tenía muchas ganas de ir al instituto del movimiento campesino, aquel lugar donde toda la revolución se gestó. El conjunto de edificios pertenecía a un antiguo templo, estéticamente es bastante vistoso. Las primeras salas se suceden, y las historias entre comunistas y nacionalistas, están ahí. Los mártires, muertos en combate o por el ocupante japonés (más tarde), están colgando de las paredes, con el polvo de las nuevas construcciones que dan un aire más viejo del que tienen las fotos. Esta primera parte de la visita está completamente traducida. Todo está en inglés, y hasta algunas cosas en francés.

Luego de un patio, y al final del predio, se encuentra una sala más de exposiciones que tiene un montón de material, pero todo estaba en chino. Ahí fue donde descubrí el primer guardia durmiendo. Algo que después fue punteando todo el viaje, mismo en Beijing. Allá el calor y la humedad, cansa, y cansa mucho. Y los chinos duermen donde se encuentren sin hacerse mucho problema….

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viajes/china_primera_entrega.txt · Última modificación: 2008/12/22 15:56 (editor externo)
 
 
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